El aprendizaje tras el error

31 jul

«The key to success is failure
“La clave para tener éxito es el fracaso
(Michael Jordan)

Resulta especialmente interesante la estigmatización que existe hoy en día acerca del fracaso, y cómo malinterpretamos el peso que tienen los errores en nuestro crecimiento personal.

De hecho, una de las características comunes de un mal ambiente de trabajo (junto con la instrumentalización de las personas y la falta de trabajo sincero en equipo) suele ser una dinámica opresiva que gira en torno al error. En un escenario donde no existe margen para equivocarse, porque hay personas que se apresuran a señalar los errores, se tiende de forma general a minimizar el «apetito de riesgo» y las iniciativas. Se consolida una forma de trabajo en la que cada persona tiende a reducir sus acciones al ámbito de lo seguro, de lo estable, de lo cómodo.

A veces esto procede de una concepción errónea acerca del error que se nos establece en nuestra niñez. Cuando aún somos muy jóvenes, aprendemos la maravillosa palabra «No», que tiene un poderoso efecto sobre los adultos, pero también descubrimos que la palabra puede venirnos de vuelta. Junto con los límites a la hora de actuar, también aprendemos desde muy pequeños el efecto de la corrección, casi siempre acompañados de una valoración negativa sobre nuestros actos pasados. Hay personas que parecen inmunes a este tipo de feedback, pero muchas otras aprenden a comportarse de «la forma correcta», que nos previene de ser regañado y que facilita el ser querido por los progenitores.

Más tarde, este comportamiento se ve reforzado en la etapa educativa, donde muchos profesores refuerzan y recalcan la relevancia de la obediencia, de adquirir un comportamiento previsible, de actuar en función de lo marcado. De pintar las hojas de los árboles siempre verdes, de colorear siempre dentro de las líneas.

Posteriormente, en el ámbito social este tipo de comportamiento se puede ver más o menos reforzado. Existen sociedades algo más flexibles en cuanto al comportamiento humano, que proporcionan cierta holgura, como pueden ser la anglosajona o la mediterránea. En cambio, otras sociedades como la japonesa refuerzan un ideal de que el buen ciudadano es eficiente, centrado en el colectivismo, que evita problemas (jichō) y especialmente sensible a la opinión de los demás (haji).

Estas experiencias, lamentablemente, pueden hacernos olvidar que una parte fundamental del crecimiento humano está basado en el error. Sólo podemos progresar si probamos, si nos arriesgamos, si asumimos riesgos. 

El único que «no se equivoca nunca» es quien no trabaja, quien se mantiene siempre en una zona de confort tan bien delimitada que más bien parece una trinchera.

La innovación y el método científico se fundamentan en el ensayo y error. En probar, y en reflexionar tras cada fallo. El propio concepto de experimentar tiene su esencia en desconocer los resultados de lo que vamos a hacer, y precisamente por ello mismo, hacerlo. En persistir a pesar de las equivocaciones.

A veces este paradigma negativo sobre el fracaso, que llega a generar una respuesta emocional de rechazo ante la mera idea de equivocarse, puede solventarse si miramos la realidad desde otro ángulo. En este sentido, Simon Sinek propone un cambio de enfoque: no observar nuestros errores como fracasos, sino como caídas. El motivo es que nos resulta más sencillo comprender que las caídas no implican una evaluación de nosotros mismos, y que tarde o temprano debemos levantarnos de nuevo y continuar.

 

Como profesionales, conviene que examinemos nuestro puesto de trabajo para valorar qué nivel de presión tiene el mismo, y cuánto margen existe realmente para cometer errores. En ocasiones, podremos comprobar que es nuestro nivel de auto-exigencia lo que nos impide asumir más de lo que nos gustaría. Incluso puede ocurrir que, reflexionando sobre los mejores responsables que hemos tenido en el pasado, observemos que un aspecto crítico era cómo se comportaba con nosotros cuando cometíamos un error o cuando teníamos un desafío por delante.

Como líderes, debemos hacer hincapié en nuestros equipos acerca del impacto que tiene nuestro trabajo. En mantener al cliente (externo o interno) siempre en el centro. En intentar hacer las cosas lo mejor posible. Pero también debemos hacer hincapié en que errar es humano, y que a veces equivocarse es inevitable. Exceptuando ciertos entornos profesionales donde el margen de error es realmente mínimo (como la gestión de una central nuclear o la cirugía a corazón abierto), en muchísimas ocasiones hay margen para cometer errores, y a veces es conveniente emplear ese margen activamente para desarrollar los equipos y las personas que los conforman.

Como líderes, debemos construir un ambiente de trabajo donde la gente quiera y pueda asumir riesgos, donde sea factible salir de la zona de confort y probar. Donde el único requisito sea que las intenciones sean positivas («que la finalidad sea hacer las cosas lo mejor posible») y que haya sentido común («sin locuras»). Pero donde todos tengamos la capacidad de intentar, de experimentar, de innovar.

Porque es la naturaleza y la ley de la probabilidad nos dicen que es matemáticamente imposible alcanzar el éxito sin fallar ni una sola vez.

 

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